Carne contra carne
Un cuento de no-amor
Nos conocimos dentro de una nevera. La época del año no importa pero puedo revelar que no fue en el mes de abril. Fue en el bar Paradiso, a pocos pasos de la Estación de Francia en Barcelona. Por supuesto no era una nevera real. Pero sí que la persona danesa con el gusto estupendo que había diseñado el bar esperaba seducir a los amantes de la buena vida con la ilusión de — efectivamente — entrar dentro de una nevera. Una vez pasada la puerta falsa, te daba la bienvenida una pegajosa ola de calor con notas cítricas de sudor humano.
En el fondo había una barra de caoba tan pulida que la podrías usar de espejo para ponerte el pintalabios. No había ninguna ventana en todo el local; una especie de búnker decorado con lámparas de Santa y Cole colocadas estratégicamente para crear un ambiente entre prostíbulo y lobby de hotel de cuatro estrellas.
La primera vez que me viste estaba meando en un baño que no era un baño de verdad. Se ve que era de decoración. La primera palabra que me dijiste fué en este baño no-baño. Me preguntaste qué coño estaba haciendo con una voz verdaderamente acojonada. Creo que ya era bastante evidente pero decidí no tomarte por tonto a pesar de la naturaleza estupida de tu pregunta no-pregunta.
Cerraste la puerta y esperaste a que acabara mi asunto. Casi te tomé por un gentleman. Pero cuando abrí la puerta entraste sin dejarme salir y pensé que tal vez eras más cabrón de lo que había parecido. Me apartaste y abriste la tapa del dispensador de jabón con un solo movimiento determinado y brusco. Se ve que el cubo metálico escondía una especie de teclado numérico. Por supuesto conocías el código que, al ser introducido, hizo girar toda la pared de la pica y el espejo. Como me dejaste claro, este era el portal para entrar dentro de otra nevera aún más secreta que la principal. No un sitio para necesidades básicas.
—¿Ves que esto no es un baño? Acabas de mear encima de esto que ni siquiera está conectado a un desagüe.
Una reacción normal hubiera sido convertirme en una nube de vergüenza, pero toda la situación me parecía extremadamente graciosa y me empecé a reír como una loca. Esto, — esta situación absurda — era material de oro para alguien como yo.
— ¿Estás bien? Ósea, no pasa nada por lo del váter...pero avisa a alguno camarero para que lo limpien, me aconsejaste con un toque de desprecio masculino.
Claro. No quería inundar la sala VIP con mi orina, pero shit happens como dijo el querido Forrest Gump. Al menos solo fue eso — orina. Este tío necesitaba relajarse. Quizás sus amigos dentro de la nevera extra-VIP le podrían dar un poco de eme.
***
Volví a la mesa y me pedi un cóctel llamado Muerte en Waikiki — una historia ácida con mezcal que olía igual de ahumado que un incendio forestal. Por alguna razón más allá de mi comprensión seguía pensando en el tío del baño falso. Me olvidé de que había dejado de fumar hace unas semanas y le pedí un piti a Mireia. Me dio uno sin mirarme, absorbida en una conversación sobre la adaptación de Una Habitación Propia de Virginia Woolf que había visto ayer. Lo de salir a fumar fue un movimiento completamente calculado por mi parte. Justo te había visto salir por la puerta de la nevera principal, paquete de tabaco para liar y mechero en mano. Más que seducirte quería demostrarte que ser rubia y mear en baños decorativos no era incompatible con un nivel de inteligencia decente. Una especie de orgullo feminino me empujó de la silla aterciopelada y salí, escondiendo mi copa en la manga larga y ancha de mi blusa. Aún estaba blanca, sin manchas de todo lo que pasó después. Odiaba que se me prohibieran cosas en general, y no dejarme salir a fumar con mi bebida en particular.
Qué quieres que te diga, soy una cliché andante — te pedí el mechero. Era esto o sacar el móvil y pretender que no te viera, pero a pesar de nunca haber tomado clases de interpretación — y quizás justamente por eso — entendí que esta alternativa iba a ser poco creíble.
— La tía meona, claro que tengo fuego para ti.
Primero tu cuerpo, después tu brazo, tu mano y por último tu cara se acercó a mi. Vi que ibas con cuidado para no encenderme el flequillo.
— Te vi muy insultado, me reí. Tendrías que haber visto tu cara, parecía que estuviera meando encima de la alfombra persa de tu madre o algo.
— Pues me encantan las alfombras persas.
— Tienes pinta, le dije. ¿Qué tal en la otra nevera, mejor que donde estamos la plebe?
Te reíste de una manera que parecía un silbido y empezaste a liar otro piti — una señal clara de que pretendías quedarte al menos unos minutos más. Desde pequeña me había gustado conseguir que los hombres hicieran algo previsible.
— ¿No eres de Barcelona, no?
— No, soy de un país al lado de Islandia.
— ¿Cómo? ¿Dinamarca?
— Bueno, casi. De Suecia. No me gusta decirlo, que todos os poneis un poco viejos verdes con esta información.
Tu risa era más agradable ahora, no tenía esta capa protectora de ironía de antes. Creo que te relajaste un poco.
— ¿Supongo que tu eres super local? En plan tus padres se conocieron mientras estudiaban en la UB y desde que naciste has vivido en Gràcia.
— Lo has clavado. Born and raised al lado de Plaza del Sol.
No sabía si lo decías de broma o de verdad.
— ¿Y qué haces cuando no tocas la guitarra en la plaza?
— Flauta, señorita sueca, flauta.
— Ah, perdona. Mi error.
— Bueno, llevo un mes como redactor en El Periódico, que acaban de lanzar un nuevo suplemento de cultura así de mierdas modernas. O bueno, es lo que pretenden. Pero está bien. ¿Y tú?
— Pues también escribo...cosas, contesté.
Siempre me daba un tremendo palo explicar lo que hacía porque nadie, jamás, lo entendía. La gente ponía una cara confusa mientras decían que parecía “muy guai” pero con caras más confundidas que unas cabras sin pastor.
— ¿Has visto la película de 500 days of Summer? Te pregunté.
— Si, pero hace unos años ya.
— Bueno, el tío en la pelí trabaja escribiendo textos para tarjetas de felicitaciones, las típicas de Hallmark de cumpleaños feliz y todo esto. Pues yo escribo poemas para marcas que los usan como anuncios en su Instagram.
Era verdad. Me dedico a escribir poemas comerciales. Nunca fui buena estudiante pero se ve que alinear letras y palabras era la única cosa que no se me daba fatal. Y gracias a las fuerzas indestructibles del capitalismo de etapa tardía he podido monetizarlo este...don. Se ve que las marcas que pretenden ser “auténticas” tuvieron muy buen engagement en publicaciones acompañadas por poemas, y me las empezaron a encargar.
No pusiste la cara confusa que ponía la mayoría de gente cuando se lo explicaba. Tampoco se te veía muy impresionado, pero noté un cierto grado de sorpresa. Exhalaste lo último de humo que te quedaba en los pulmones y tiraste el piti al suelo sin pisarlo. Entramos, uno detrás del otro, pero no juntos.
Las chicas aun estaban hablando de Woolf, sus voces tal vez un poco más altas. Me senté con la sensación de que apenas se habían dado cuenta de mi breve desaparición. Le pedí al camarero — vestido como una butler inglés — que me trajera un whisky cualquiera con hielo. Mireia enseguida levantó media ceja. Sabía que por alguna razón me quería emborrachar. Por pura evasión declaré que iba al baño. Lo que faltaba era tener que explicar todo el incidente del pis e intentar mantener el nivel de sus risas exageradas por el alcohol a un nivel civil. Pregunté al camarero por el baño de verdad. Sé que soy absurda pero me encanta estar meando en el lavabo de un bar y de repente notar que estoy borracha, que por fin he conseguido esta sensación de flotar un milímetro por encima del suelo. O del váter.
***
Vi que faltaba poco para la hora angustiosa de decidir si seguir a “algún sitio” o vencerse a las fuerzas de una noche sin acontecimientos notables.
— ¡Guarras! Venga, que tocan chupitos. Le señale al camarero butler para que viniese. Me parecía viejo, más de 45 seguro. Supongo que trabajar de noche te hace esto, te envejece. Ver la miseria que se cuece a estas horas haría lo mismo con cualquiera. Pensé que le deberíamos dejar propina pero a los dos segundos ya se me había olvidado aquel pensamiento altruista.
Nos echaron a las tres en punto. Vi cuando saliste del baño no-baño con tu grupo — dos chicos y dos chicas más — pero pretendí estar absorbida en la creación de planes de after extremadamente guais. Al final Mireia sugirió ir a tomar unas cervezas en el Paseo del Born, que solo estaba a media calle según su estupendo sentido de dirección. Pensé que era un plan suficientemente común para que tú también acabases allí. Le pedí otro cigarro a Mireia para hacer algo que no fuese mirar hacia donde sabía que estabas. Ya me empezaba a picar la garganta de los pitis que me había fumado esta noche.
Compramos las cervezas y rodeamos uno de los bancos de piedra del paseo. Pensé que igual podría esforzarme a pasarlo bien y entrè en el bar cubano para comprar tabaco. Mireia se aseguró de dejar mi blusa empapada de cerveza al abrir una lata que al parecer había estado bailando bachata en su bolso toda la noche. No se cuanto rato estuvimos en el paseo, 45 minutos, una hora. Pero apareciste. Tal vez habías ido a alguno de los pisos detrás del mercado Santa Catarina para comprar droga. Me gustaba la idea de ti en un narco piso por razones tirando a perversas. También por una antigua fascinación con los chicos malos absolutamente anti-feminista. El cruce de miradas fue inevitable. A medida que iba vaciando latas de Estrellas tibias me hacía más consciente de tu presencia. A pocos metros de mí seguías liando piti tras piti. Te veía passivo, observante. Pensé que quizás tus amigos tampoco se enteraban cuando salías de un bar para fumar.
***
Eran casi las cinco. Se notaba una cierta inquietud en la gente que quedaba en el paseo, la mayoría empezaban a dispersar en grupos pequeños, algunos solos. Ya me daba igual que vieses lo que quería. Te miré fijamente, sin soltarte de las garras de mi mirada, una especie de orden para que te desplazaras hacía mi. Hasta que, efectivamente, empezaste a andar en la dirección de nuestro grupo. Las chicas se quedaron calladas durante tres segundos antes de retomar la conversación cuatro decibeles más alto para fingir que no estaba pasando nada.
La esperanza a estas horas suele estar mayoritariamente compuesta por desesperación. Por un deseo de no estar sola, mas que estar con alguien. Estos alguien raramente importaban. Eran cuerpos, personas, sin más, que nunca te iban a remover nada. Te dejaban neutra con un aliento de resaca a las primeras horas de la mañana. Pero este encuentro — este momento — parecía ser otra cosa. O al menos es lo que me imaginaba. Un choque de moléculas todo lo contrario a aleatorio e insignificante. Rompimos el silencio a la vez. Me calle. Pero no me preguntaste que iba a hacer ahora, adónde iba a ir. No intentaste besarme. Mantuviste una distancia respetable, asquerosamente amistosa. Pero me pediste el WhatsApp. El puto WhatsApp.
***
Llegué a casa más borracha de lo que pensaba. Me enteré al casi caerme boca abajo mientras me estaba quitando las botas. Odiaba este momento de llegar a casa, a una cama que revelaba la tristeza de todas las veces que me había masturbado para distraerme de mis propios sentimientos y no por placer. Me tumbé, brevemente contemplando la opción responsable de quitarme el maquillaje e ir a buscar un vaso de agua. Pero saqué el móvil, abrí una nota nueva y empecé a escribir. No voy a negar que deseaba eso y que quería mandarte algo más original que una foto de mi escote. El poco respeto a mi misma que me quedaba parecía una mercancía perfectamente intercambiable por una señal microscópica de interés por tu parte. Volví a leer el poema. Me daba ganas de vomitar. Pero pulsé el maldito botón de enviar antes de que mi cerebro pudiera registrar algún arrepentimiento.
Carne contra carne
Tu peso encima
Mío
Te daría todo
Lo que antes te negaron
Te daría mi sangre
En un jarrón de moro
Carne contra carne
Tu mano encima
Mío
Te di todo
Lo que antes deseabas
Te di mi veneno
En un vaso sagrado
Carne contra carne
Tus fuerzas
Dentro de mi
Me lo dabas todo
Y yo me lo bebí
Te escribí y me leiste. Estabas escribiendo. Borraste. Volviste a escribir. Y después desapareciste de la línea.
Mis poemas venden ilusiones. Esta vez, me vendí una a mi misma.